La máquina expurgadora

La realidad vuelve a superar a la ficción. ¿Cómo se pueden unir las distopías de 1984 y Fahrenheit 451 en un mismo acto malvado?

Así: una empresa canadiense está comprando en librerías de lance de todo el mundo libros que ya casi nadie lee para dárselos de comer a las Inteligencias Artificiales en un proceso en que cortan sus páginas amarillentas y los destruyen. Lo cuenta este artículo de eldiario.es [la negrita es mía]:

El objetivo, según apuntan diversas fuentes, es entrenar modelos de Inteligencia Artificial (IA) antes de destruir estos volúmenes y reciclar su papel.

La apuesta no es nueva. Una investigación de The Washington Post desveló en enero un proyecto secreto de la startup Anthropic, que opera la herramienta de IA Claude, para “escanear y destruir todos los libros del mundo”, según señalaba un informe interno de la compañía.

“No queremos que se sepa que estamos trabajando en esto”, remachaba el documento.

Qué perra vida para un libro. La buena noticia es que el Gólem ha engullido todo Internet, todos los libros digitalizados, todos los foros, redes sociales, y supongo que más correos electrónicos y mensajes de texto de lo que están dispuestos a reconocer, y ahora están alimentado a los glotones modelos del lenguaje no ya con autores como Dominique Lapierre, Lobsang Rampa, R. D. Laing o Erich von Däniken que anidan polvo en nuestros estantes más inaccesibles —esos ya los comió, quinientos terabytes, o eso dicen, cuando NDIVIA entrenó a su IA con los libros piratas de Anna’s Archive—, sino con libros que nadie se haya tomado nunca la molestia de escanear. Cualquier rareza que no hayan podido conseguir en .epub o .pdf es susceptible de ser comprada. Así quizá las conversaciones con máquinas de mañana no solo tendrán más en cuenta la antipsiquiatría o la hipótesis de los antiguos astronautas, los teléfonos móviles habrán ganado labia para adularnos como lo hacen los libros de tapas de terciopelo que una vez fueron editados para hacerle la pelota al visionario jefe de una empresa de lencería.

Parece el último recurso de una tecnología que parece estar llegando a su límite. Quizá el milagro cada vez será menos milagro, y aprendamos a usar lo que es, nada más y nada menos, que una herramienta, una muy afilada, eso sí. O quizá la burbuja nos reviente y se nos quede pegada como una melaza y pasemos a ver el mundo como en esas fotografías falsas realzadas con una textura grimosa, como de goma.

¿Pero, para qué ser tan extremos “escanear y destruir todos los libros del mundo”? Desde mi punto de vista, que es el de un escritor de Ciencia Ficción preocupado al que no lee casi nadie, su intención podría ser que leer se convierta en un atavismo y que la información que se buscaba en los libros o en los otros, o en el mundo en general, se cambie por otra cosa¿Para qué enseñar a un proletario a leer, cuando tienes una voz que le habla al oído?

Estamos en la fase intermedia de un proceso de aculturación en que a la multitud que escribe nos han convertido en creadores de contenido para entrenar a su máquina. Máquina de desleer, desescribir, despensar, desantender, descontemplar… Escribir en una plataforma digital como esta es, para alguien comprometido con el futuro, como lanzar una flecha que no sabes si va a servir a alguien de arma para sobrevivir o le va a atravesar el corazón.

Para hacernos dependientes alimentan el exhibicionismo y corroen la atención. Por eso, a día de hoy veo más importante y meritorio leer que escribir. No es que escribir no tenga mérito, pero al mundo no le faltan libros reveladores, le faltan lectores atentos.

Pero leer y escribir solo es un caso particular de un problema más general. Lo que está en juego es la capacidad de comunicarnos. Pero eso lo dejo ya para otro post.

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