Desarmar la tecnología

El filósofo de la tecnología chino Yuk Hui en su artículo del Correo de la Unesco “Otra forma de pensar la tecnodiversidad”, desarrolla una cuestión que el filósofo cristiano y francés, Herni Bergson expuso con vehemencia en un discurso de 1914 cuando acusó a Alemania de estar llevando a su pueblo a una “barbarie científica” al haber fomentado el mecanicismo y el maquinismo. Explica Hui (la negrita es mía):

Bergson creía que el origen de la guerra podía rastrearse en el desarrollo de la ciencia y la tecnología mecánicas. El siglo XIX había “dado a las artes mecánicas una extensión completamente imprevista y procurado al hombre, en menos de 50 años, más instrumentos de los que se habían fabricado en los miles de años que llevaba en la Tierra”. Cada nueva máquina era para el hombre un nuevo órgano, de forma que su alma no podía abarcar ese cuerpo que había crecido de manera prodigiosa.

Y luego Bergson lanzaría la gran pregunta que hoy me parece más pertinente que nunca:

“¿En que se convertiría el mundo si ese mecanismo se apoderase de toda la humanidady los pueblos, en vez de crecer libremente hacia una diversidad más rica y armoniosa como las personas, cayeran en la uniformidad como si fueran cosas?”

Hui explica en su artículo su concepto de cosmotécnica. De su estudio de la tecnología de la Antigua China concluye que la tecnología no es universal y no existe, o mejor dicho, no tiene por qué existir, una sola tecnología.

Para Hui la tecnología actúa como una interfaz entre una sociedad y el mundo que habita y es vehículo de la cosmovisión de la cultura que la ha desarrollado. En el caso de occidente la tecnología que algunos identifican con el progreso lleva implícita la cosmovisión capitalista y por tanto, su uso deriva hacia la asunción de esa cosmovisión. Como consecuencia, la tecnología puede convertirse en instrumento de aculturación y asimilación cultural, de homogeneización que transforma no solo el mundo, sino también la visión que tiene de este quien la utiliza, su cosmovisión, de acuerdo con el esquema no solo de los inventores que desarrollan los prodigios tecnológicos, más todavía de los oligarcas que los planifican al servicio de sus intereses.

Han surgido voces que denuncian la digitalización como una vuelta de tuerca del colonialismo. El libro de Ulises A. Mejias y Nick Couldry “Data Grab: The New Colonialism of Big Tech (and How to Fight Back)”, habla de la apropiación de datos de las grandes tecnológicas como una fase avanzada de un proceso histórico de desposesión y subordinación que redefine la vida como materia prima explotable. Este colonialismo no solo actúa sobre el territorio y el trabajo, sino sobre las maneras de ser, conocer y relacionarnos, en pro de nuestra gobernanza algorítmica.

Frente a la idea romántica, preponderante durante mucho tiempo, de que Internet era una red democrática que nos había conducido a la sociedad del conocimiento, se enfrenta la idea de que paralelo a este trabajo colectivo ha habido un desarrollo militar-industrial en el que estados y empresas han invertido el mayor esfuerzo en investigación y recursos de nuestro siglo. Desde los chips a los cables transoceánicos o los centros de datos, un maremágnum de millones en inversiones acuden a la promesa de una utopía tecnológica que no es la de los trabajadores a los que se amenaza con el paro o la explotación optimizada por algoritmos.

Para las corporaciones y los estados la infraestructura para la digitalización de nuestra vida ha sido un hito comparable al Proyecto Manhattan y su intención, además de afinar el control social y automatizar la producción y la la represión, es convertirlo todo en mercancía. Los nichos hoy no mercantilizables pueden serlo mañana: ayer fue la calle, hoy es la comunicación, mañana será la compañía, incluso los sueños son susceptibles de ser invadidos por el capital. Quizá esa visión del capitalismo como un cáncer cultural que amenaza con convertir en productos hasta nuestros propios pensamientos puede parecer una exageración, pero cualquiera que haya vivido suficiente puede ver señales de ese paulatino acaparamiento tecnológico-mercantilista. En los años sesenta Guy Debord lo llamó “la Sociedad del Espectáculo”:

El espectáculo señala el momento en que la mercancía ha alcanzado la ocupación total de la vida socialLa relación con la mercancía no sólo es visible, sino que es lo único visible: el mundo que se ve es su mundo. La producción económica moderna extiende su dictadura extensiva e intensivamente.

El espectáculo es el capital en un grado tal de acumulación que se transforma en imagen.

Con la IA esa relación social reemplazada por imágenes-mercancía que anunciaba Debord en su ensayo de 1967 llega a ser literal. Pero esa apoteosis capitalista que nos convierte en objetos no tiene por qué ser el destino de la humanidad. Voces como la de Hui están cada vez más presentes hasta el punto de que el mismísimo Papa León XIV ha tomado partido en su encíclica “Magnífica Humanitas” con la que llama a “desarmar la IA” pero, ¿a qué se refiere con eso? ¿qué podemos interpretar a la luz lo que teóricos de la tecnología como Hui han escrito? La encíclica dice así:

Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es solo militar sino económica y cognitiva. Es la carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de datos más amplio, para consolidar una ventaja geopolítica o comercial sobre todos los demás. Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitablerestableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida.

[…] Hago un vehemente llamamiento a quienes desarrollan sistemas de IA. La innovación tecnológica puede ser, en cierto modo, una forma humana de participación en el acto divino de la creación. Los desarrolladores llevan, por tanto, un importante peso ético y espiritual, ya que cada elección de proyecto expresa una visión de la humanidad. Así como el autor de una obra artística o literaria está obligado a considerar los valores que manifiesta, así también ellos están llamados a tratar con la debida seriedad los valores que infunden en sus proyectos: con transparencia, con responsabilidad hacia las comunidades involucradas y con atención a verificar que lo que se cultiva sea realmente un bien.

[…] Después de haber recordado las cuestiones de la responsabilidad y del gobierno de la IA, es necesario volver a nuestro tema central: qué significa custodiar lo humano. El riesgo no es solo que algunas tecnologías se usen mal, sino que el paradigma tecnocrático en el que estamos inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, haga parecer justa y normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo. Cuando la eficiencia se vuelve medida de valor, el ser humano es tentado a considerarse como un proyecto que debe optimizarse más que como una criatura llamada a la relación y a la comunión.

Visto así, el Papa podría estar asentando las bases para una cosmotécnica cristiana. Quizá estemos ante el principio del fin de más de un siglo de maquinismode la fascinación por el ímpetu de lo maquinal que Günter Anders bautizó en su ensayo de 1956 “La obsolescencia del hombre: Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial” como vergüenza prometeica, que define en las notas de su diario con las que comienza el libro donde comenta una visita con un colega, T. que se cree que era Teodoro Adorno (la negrita es mía):

11 de marzo de 1942

“Creo que hoy por la mañana he descubierto una nueva parte púdica, un motivo de vergüenza, que no se dio en el pasado. De momento, para mí, lo llamo vergüenza prometeica; con ello me refiero a la vergüenza ante las cosas producidas [por nosotros], cuya alta calidad ‘avergüenza:”

Con T. decidí hacer una visita guiada a una exposición técnica que se ha inaugurado aquí. T. se comportó de manera extraña; tanto que, al final, en vez de observar los aparatos sólo lo miraba a él. En cuanto empezó a funcionar una de las piezas más complicadas, bajó los ojos y enmudeció. Aún más sorprendente fue que ocultara sus manos detrás de su espalda, como si se avergonzara de haber llevado estos “aparatos” suyos, pesados, burdos y obsoletos, a esa alta sociedad de aparatos, que funcionan con tanto esmero y finura.

Pero este “como si se avergonzara” es demasiado tímido. La imagen de su comportamiento era nítida. Las cosas, que él reconocía como ejemplares, como superiores a él y como representantes de una clase de ser superior, representaban para él realmente el mismo papel que habían desempeñado para sus antepasados las personas con autoridad o los milieus considerados “superiores”. Le parecía realmente insoportable tener que estar, con su torpeza corporal y su inexactitud como criatura, ante los ojos de los aparatos perfectos; se avergonzaba de verdad.

La anécdota puede parecer chocante, pero esa actitud sumisa de postrarse ante la grandeza de nuestras obras la vivimos todos los días en todas partes, hasta el punto de que los desarrollos tecnológicos se tienen como verdaderos milagros de nuestra época, fruto de un progreso tal que un simple mortal sería un necio si tratara resistirse a su inercia. Resistirse es fútil. Cualquiera que haya puesto alguna vez un pero a un supuestamente irreversible avance, tiene que saber de qué le hablo.

Ya no estamos en los años cincuenta. Y no siempre fue así. Brian Merchant en su libro recientemente traducido al castellano “Sangre en las máquinas. Los orígenes de la rebelión contra las grandes tecnológicas” cuenta la rebelión que los Luditas llevaron a cabo al comienzo de la revolución industrial:

Si los comerciantes o los dueños de talleres se negaban a pagar los precios fijados o intentaban sortear el ordenamiento jurídico con nuevas tecnologías, los trabajadores reaccionaban machacando aquellos artefactos “detestables”.

[…] Aquellos trabajadores no creían que la tecnología fuera por definición un avance; no les habían enseñado a reverenciar la disrupción.

Algo ha cambiado de unos años a esta parte. La lógica del capital que expuso Debord ha llegado a un punto de extractivismo que se está apropiando no solo de las cosas básicas de la vida social, sino incluso del propio pensamiento. En este punto ya es difícil mirar a otro lado y obviar el problema y se hace evidente de que la tecnología que nos pongan delante en un momento dado no es por definición un avance. Si rompemos el hechizo de necesidad y tomamos conciencia de que sufrimos la colonización de una oligarquía tecnológica con aspiraciones totalitarias, quizá haya llegado el momento para comenzar una lucha por nuestra independencia rechazando la tecnología que nos dañe y participando y desarrollando, guiados por nuestra cosmovisión, aquella que nos enriquezca, hacia una tecnodiversidad que acabe con el proceso homogeneizador de convertirnos en cosas del que alertaba Bergson hace más de un siglo. Una nueva conciencia ciudadana en la que la obligación hacia lo público pasa por la responsabilidad hacia el uso y el desarrollo de la tecnología. El fin de un “dejarse hacer” que amenaza con arrastrarnos, siguiendo el término acuñado por Cory Doctorow, a la mierdificación de la vida.

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