Pasado sintético

No se han encontrado testimonios directos, por lo que todo apunta a que se trata de una leyenda, pero se dice que en una de las primeras proyecciones de los hermanos Lumiére, La llegada de un tren a la estación de La Ciotaten la gente salió de la sala despavorida, creyendo que podían ser arrollados por el tren, pues todavía no habían interiorizado los límites entre la pantalla y la realidad.

Sin tener que llegar a ese extremo, es seguro que la experiencia tuvo que ser impresionante para un público no acostumbrado a ver imágenes en movimiento. He oído ancianos contar de la reacción que tenía la gente en el cine y en las telenovelas, insultándole a los villanos como si pudieran, de alguna manera, oírles.
Hoy, en las antípodas de esa inocencia, consumimos las películas con no sé si sano escepticismo, y digo no sé porque hemos llegado al punto de que el mismísimo cine de fantasía se produce con una pátina de falso realismo en el que impera el gris, quizá porque los espectadores, condicionados a base de indefensión aprendida para descreer del color, esperan que las películas se adecuen a sus tristes expectativas. Y es que estamos en el advenimiento de otra tecnología fantasmagórica que no necesita registrar directamente la realidad: si antes la imagen era la de un tren que existió, ahora con la inteligencia artificial generativa, el espectador puede consumir la imagen en movimiento de un tren sintetizada a la medida de lo que cabría esperar. Un collage hecho a partir del tren de los Lumiére y de otras millones de imágenes y descripciones de trenes de antes y después, diseñado para satisfacer las expectativas del espectador.
Cabría esperar que el público acabará aprendiendo a distinguir los nuevos fantasmas del mundo real como, mal que bien, hizo con los viejos, pero esta vez hay un giro inquietante: tanto en los cimientos de dicha tecnología, llamada por mercadotecnia “Inteligencia Artificial” como en la intención de sus amos y señores, que no somos nosotros, no está la de crear un nuevo arte dramático, ni una industria del entretenimiento. Como dijo Roberto Calasso en su libro “La actualidad innombrable”, el émulo aspira a sustituir lo que emula: la IA no ha nacido para convertirse en el octavo arte.
¿Qué sería de nosotros si a nuestros tatarabuelos les hubieran dicho que el tren, en efecto, podría salir de la pantalla de un momento a otro, que el del cine hacía innecesario el tren que de la estación de su pueblo, condenado a la obsolescencia por su imperfecta materialidad? ¿Si una élite de villanos y estafadores con aspiraciones a mudarse a vivir a Marte, aficionados a hacer el saludo nazi en la investidura del presidente de Estados Unidos les hubiera dicho que viajar en tren era obsoleto porque el Cine era la nueva realidad aumentada?

Hay libros oportunistas y libros oportunos, para distinguir unos de otros a veces hace falta la distancia que da el tiempo. Los primeros siguen una moda, los otros señalan el origen de un fuego. Pero el fuego se extiende tan rápido, y es tal su potencial de destrucción, que no hace falta esperar para saberlo: Pasado sintético. El desafío de la inteligencia artificial a la historia y la memoria de Alberto Venegas Ramos es un libro más que oportuno. Ha llegado justo a tiempo.
Todo el que se preocupe por la memoria, le importe la historia, ya sea el futuro de esa disciplina, de nuestra manera de conocer el pasado a través del presente y al revés, o de conocer y entendernos, tendrá en este trabajo, si no una tabla de salvación, sí una herramienta más que útil para comenzar a construir la barca con la que tendremos que navegar el tsunami de simulacros, propaganda y ruido que se nos viene encima.
El “pasado sintético” es mucho más que una simple tecnología, es un nuevo régimen de historicidad que viene a sustituir la memoria y la historia por su evocación sintética; cambia el encuentro sublime, transformador, con la ruina, por la inmersión satisfactoria en una emulación estética y estadísticamente aceptada como plausible. Una amenaza sin parangón no solo a la historia como conocimiento y como práctica, sino también al pasado como herencia, como derecho de la Humanidad. La obra de Alberto Venegas es una punta de lanza para la resistencia.

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